Querida Botella,
Hoy te escribo porque siento que es momento de enfrentarte, de poner en palabras todo lo que has significado para mí y todo lo que me has quitado. Me cuesta creer que alguna vez te vi como mi amiga, como mi refugio en los momentos de dolor, en las noches de soledad y en los días de incertidumbre. Me prometiste calma, felicidad y olvido, y yo, ciego por mi necesidad, creí en ti.
Al principio, eras un alivio. Me dabas la valentía que no tenía, me hacías reír cuando no encontraba razones y me ayudabas a olvidar lo que tanto dolía. Pero poco a poco, tus promesas se convirtieron en mentiras. Lo que me dabas, me lo quitabas después con intereses. Me robaste mi tiempo, mi salud, mis sueños, y lo peor de todo: me robaste a las personas que más amaba.
Me hiciste creer que no podía vivir sin ti, que eras la solución a mis problemas, pero ahora veo que fuiste la causa de muchos de ellos. Me convertiste en alguien que no reconocía, alguien que lastimaba a los demás y a sí mismo. Me hiciste esclavo, y yo, sin darme cuenta, te entregué el control de mi vida.
Hoy, con esta carta, quiero despedirme de ti. No será fácil, lo sé. Has estado conmigo tanto tiempo que tu ausencia será como un vacío inmenso, pero prefiero ese vacío a seguir cargando con el peso de tu presencia. Quiero recuperar lo que me quitaste, quiero volver a ser libre, quiero volver a ser yo.
No voy a mentir, tengo miedo. Miedo de fallar, miedo de no saber cómo enfrentar la vida sin ti. Pero también tengo esperanza. Porque sé que, aunque el camino sea difícil, hay una vida mejor esperándome al otro lado. Una vida en la que tú ya no tengas lugar.
Así que aquí termina nuestra relación. No más excusas, no más promesas vacías, no más noches de arrepentimiento. Hoy elijo la vida, elijo a las personas que amo, y, sobre todo, me elijo a mí.
Adiós para siempre.
Con determinación,
un adicto y alcohólico en las primeras semanas de recuperación

